Después de la misteriosa llama de la reina Loana

Cuando leo a Eco tengo el impulso de acompañarlo con música medieval interpretada por Savall, pero en este libro me pareció terriblemente inapropiada la idea. De pronto sentí que cualquier selección musical tendría poco o nada que ver con Flash Gordon, Clarabella, el Duce y Fred Astaire.

Es un gusto acompañar al viejo Yambo en su descubrimiento personal donde el tesoro que es él mismo está construido por el mapa de relaciones entre palabras que se adivinan en libros, comics y discos.

Las dos primeras partes recuerdan un discurso constructivista hecho novela. Yambo hace lo que quizá todos hacemos, reconstruir poco a poco, día a día, su personalidad mediante la relación que tienen las palabras entre sí. Son las palabras las que lo definen y vive consciente de su realidad lingüística.

Me imagino que Lacan lo habría descrito como un hombre que se volvió inconsciente puro. Un no-sujeto que refleja un sí mismo que se ha borrado, o más bien dicho, un reflejo que ha perdido el objeto reflejado, una nube de palabras y relaciones sin asidero humano.

La segunda parte casi parece otra historia que se entremezcla con la primera sin la magia del descubrimiento pero con el gusto de las narrativas históricas. Desaparece el inconsciente y conocemos a Yambo como quería ser visto, al Yambo consciente, al que se miraba en el espejo.

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