Diagnóstico vs Certificado

Dice un amigo que yo tengo un problema personal contra los certificados, pero verá usted, con el tiempo he recopilado evidencias de que no soy el único en contra de esas aberraciones, pero más aún, he coleccionado también algunas anécdotas interesantes:

 

El coeficiente de inteligencia y el diagnóstico de las edades mentales

Resulta que hace un montón de años, allá por la primer década del siglo XX un francés llamado Alfred Binet inventó unas evaluaciones y una escala asociada que le permitían diagnosticar si un estudiante tenía las habilidades cognitivas que a su edad debería tener, algo que él llamaba “edad mental”.

Si estaba por debajo de la norma, se consideraba que el niño no estaba aprovechando adecuadamente la educación que le ofrecían, ante lo cual Binet consideraba que se debía buscar la regularización del estudiante hasta conseguir normalizar sus habilidades con las del resto de sus compañeros de la misma edad.

El problema de las pruebas de Binet fue cuando los gringos y los ingleses se enteraron del asunto. Rápidamente se generalizó la idea de que las pruebas de Binet medían la inteligencia de los estudiantes y se inventó el CI o coeficiente de inteligencia. De hecho, varias escuelas gringas y británicas coincidieron en la afirmación de que la inteligencia era inherente al individuo, por lo que esta evaluación de su inteligencia era en realidad el certificado inatacable de una cualidad inamovible del individuo.

Todo este cuento molestó a nuestro Alfred, pero su molestia pronto quedó en el olvido y sus test, ahora “modificados” para poder aplicarse a adultos, son utilizados en todo el mundo.

Hacia un certificado de la calidad en las clínicas de salud

Hace unos años estuve trabajando con el sector salud del gobierno mexicano. Tenían un “programa” (así le llaman los burócratas mexicanos a los proyectos de gestión de gobierno) llamado INDICA cuya finalidad era el “monitoreo” de ciertos indicadores de calidad de la atención médica en las clínicas gubernamentales.

El proyecto había surgido como una iniciativa que buscaba ayudar a las clínicas del país a auto-diagnosticarse en sus procesos de calidad, localizando los proceso que pudiesen mejorarse y favoreciendo una cultura de la calidad.

La idea era, hasta eso, bastante interesante. Pero ya sabe usted como acaban esas cosas. Resulta que a un “jefe” en el gobierno se le ocurrió usar los indicadores como una medida de la calidad en las clínicas y en el país, por lo que se impuso a las clínicas el uso de un software que permitía a la administración central coleccionar los datos de las evaluaciones de calidad y reportarlos como indicadores nacionales de calidad.

De este punto, no se tardó mucho en convertir las evaluaciones de calidad en un certificado de calidad para las clínicas del país, con todo y auditores externos para evitar que los directivos de las clínicas manipularan los datos, el diseño original del sistema les permitía hacerlo, después de todo, era una auto-evaluación, un diagnóstico.

El certificado de salud que dice que todo parece bien

Quizá a usted ya le ha pasado que, para solicitar un servicio o inscribirse en cierta organización le piden un “certificado de buena salud”, certificado que se trata más o menos de un diagnóstico negativo de enfermedad otorgado por un médico que dice que, en términos observables, usted no presenta síntoma indicativo de enfermedad. Es decir, se trata de un certificado que no certifica nada, sino que sugiere que la probabilidad de que uno se encuentre enfermo sea menor de lo normal, pero sin garantizar nada.

La actitud de los médicos es completamente comprensible, una cosa es que ellos no lograran detectar signos de una enfermedad y otra muy distinta asegurar a rajatabla que el individuo examinado se encuentra sano. Lo que ya no s tan comprensible es que a ese documento se le llame “certificado” y mucho menos que se le use como tal.

La certificancionitis

La lista de diagnósticos convertidos en certificados es cada día más larga, desde los famosos ISO’s hasta los certificados de cursos, talleres, diplomados y grados escolares. Ahora se pueden conseguir incluso certificados de que uno asistió a una plática de unas cuantas horas, lo que no garantiza absolutamente nada más allá de que pasamos unas horas de nuestra vida en un lugar determinado. Tenemos certificados de que un software no tiene virus ni código maligno, certificados de moralidad para las películas y videojuegos, certificados de cumplimiento religioso para la comida empaquetada, ya no nos falta nada.

Una cosa es que existan certificados de nacimiento y de muerte, lo cual tiene todo el sentido del mundo, pues no se trata de una difusa garantía de probabilidades, sino de la afirmación categórica de que alguien nació o de que alguien dejó de vivir, ambas cosas perfectamente verificables, sin ambigüedades. Otra muy distinta es ofrecer un certificado de que una persona es un buen administrador de sistemas, lo que nos pone de inmediato en el problema de qué es un buen administrador de sistemas.

Quizá las cosas son como dice mi socio, los certificados no son garantías de certeza acerca de nada, sino meras sugerencias de que las probabilidades de que algo sea como dicen que es son más altas que si no se tuviese el certificado en cuestión. Siendo así, los certificados regresarían a su estatus de diagnósticos, de meras sugerencias de que algo se encuentra en un determinado estado, abandonando por completo su etimología que los relaciona con tanta fuerza a la certeza.

Mi posición al respecto sigue siendo la misma: no me gustan los certificados

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