A veces sí se puede ver lo que no se ve

Uno de los más importantes pensadores del siglo pasado y el padre de lo que conocemos como constructivismo, Heinz Von Foerster, es el autor de una inteligente y sutil frase: “No se puede ver que no se ve lo que no se ve”.

Pero Foerster no parecía tener en mente lo mismo que Wittgenstein con su “de lo que no se puede hablar, es mejor callar”, sino más bien algo parecido a lo que Alistair Cockburn llama la “imposibilidad de la comunicación”.

El que no podamos observar, y por ello mismo comunicar, aquello que no somos capaces de observar es para Foerster el equivalente de una prueba de la importancia del observador sobre aquello que llamamos realidad, y para Cockburn el punto de partida para justificar la comunicación pragmática.

Pensemos en un torito (un torito es un problema, un acertijo) de esos que le llena a uno la cara de sonrisa cuando lo logra resolver sin la ayuda de nadie. Supongamos que está usted la mar de aburrido en una mesa donde se está hablando de decoración etrusca, mientras los demás comensales discuten un álgido punto, usted decide divertirse un poco y toma seis cigarros (si usted no fuma ni tiene fumadores a la mano, podrá conformarse con palillos) con los que decide, vaya a saber porqué, formar cuatro triángulos equiláteros con un cigarro por lado. Ya se sabe que el aburrimiento es el padre de muchos inventos.

Después de pensárselo con mucha calma y de darle vueltas y vueltas al asunto, está casi por rendirse cuando, por la casualidad que usted quiera, deja de pensar en un plano y se acuerda de que, finalmente, usted vive en un espacio tridimensional. Ahora el problema se ha vuelto trivial, tanto como lo sería formar un solo triángulo con tres cigarros. La solución es el elegante tetraedro.

Este torito ilustra algo que los matemáticos conocen bien. Todo depende desde dónde observa uno para que un problema pueda parecer imposible o una trivialidad. Pero cuando decimos que todo depende desde dónde observamos, no nos referimos sólo a un lugar, sino a todo un cambio del contexto de referencia. No es lo mismo observar un problema desde el limitado contexto de un plano de dos dimensiones a mirarlo con la súbita inmensidad de opciones que nos regala una dimensión más.

Para poder ver lo que no vemos tenemos que abandonar el marco de referencia desde el que estamos observando e incursionar en otras dimensiones y otras formas de pensar. Tenemos que hacer lo mismo que aquel atribulado personaje de Planilandia que no logra entender que sea posible ver las cosas de distinta manera.

En el desarrollo de software, como en cualquier otra disciplina donde la actividad central es la resolución de problemas, esta búsqueda de nuevos marcos de referencia es indispensable, pero cuando creamos software las cosas van un poco más lejos. El descubrimiento de requerimientos, como apunta Cockburn, depende de que seamos capaces de poder observar las cosas desde muchos puntos de vista, sobre todo, desde el punto de vista de los usuarios. Los requerimientos son nuestro punto de partida, son, por así decirlo, el torito que debemos resolver.

Aprender a observar es buscar la manera de ver aquello que no podemos ver. En el caso del software, es aprender a descubrir lo que el sistema que estamos creando debe hacer en función de los procesos que modela, esto es, en función de las interacciones entre los individuos que usarán ese software.

Sin embargo, aquí no acaba el problema, aún tenemos que comunicar nuestra observación, y aquí comienza una nueva discusión que deberá ser escrita en otro post.

Leyendo a Alistair Cockburn: Agile Software Development

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