Fotochoperos musicales

Las personas somos rete simpáticas, todo una muchedumbre esquizofrénica llena de dulzura e ingenuidad. Siempre queremos que las cosas sean más fáciles, pero cuando por fin lo son, nos quejamos de que son demasiado fáciles y de que ahora cualquier tarado podrá hacer lo que antes estaba reservado a una élite de genios creadores.

Primero fue el acceso al almacenamiento de medios: la música y los libros, el cine. De pronto, todos podemos tener en nuestras casas un aparatejo que hace sonar la música que nos de la gana, y qué pasó, que los nacos aprovecharon esa majestuosa tecnología en su música de bandas y otras porquerías… pos ¿qué querían?, digo yo ¿Qué todos escucháramos la novena de Beethoven o las cursiladas del Strauss? ¿Dónde está el límite de lo naco, en Frank Sinatra, en José José? Y a todo esto, ¿quién dijo que lo naco no debía registrarse en los acetatos o en los compact discs? Y luego, para acabarla de chingar, que surgen los mp3 y las iPods, ¡pero qué sacrilegio! Ahora cualquier pelagatos puede tener toneladas de música en la bolsa de la camisa, aunque no la escuche, aunque sea de Paquita la del Barrio… ya no hay respeto. Lo mismo podemos decir de los libros y las películas, que no sólo puede comprar todo el mundo, sino que también pueden andar en el interior de esos cacharros del infierno como los iTouch y el Knidle. Búrlese, búrlese, pero créame que hay gente que así lo piensa y no son precisamente unos miembros del opus dei, sino artistas intelectuales reconocidos en nuestro mundito cultural mexicano.

Después las cosas se pusieron mucho peor, surgió Photoshop y todos sus parientes para retoque digital de imágenes. Resulta que ahora cualquier sonso puede hacer efectos fotográficos, hacer collages y aplicar efectos locochones a sus fotos del dedo gordo del pie. Lo que los fotógrafos e impresores habían necesitado y suplicado en sus cartas a Santa Claus, Adobe nos lo dio a todos los mortales, bestias incluidos. Que un chamaco se las de de diseñador porque sabe aplicar un par de efectos de fotochop es algo que pone rojos de coraje a los diseñadores y hace sacar humo de colores a los impresores de negativos que saben palomear y hacer copias de contacto o imprimir en albuminas. Es como si sólo los artistas y elegidos pudiesen tener el derecho divino de poder divertirse con las imágenes.

Pero si ya los fotochoperos sacan canas verdes a los mojigatos del arte, las cámaras digitales inteligentes son el acabose. Ahora hasta un ama de casa puede tomar una foto bien enfocada, con manejo de luces y con el chamaco que la mira sonriente y con unos ojazos sin rastro de rojos. Y no necesita haber comprado una Canon 50D con un ultrasónico de 50 milímetros, sólo se gastó unos 300 dólares en una camarita que reconoce caras, sonrisas y ojos, que sabe cuando tomar la foto y como calibrar velocidad y apertura, para que el que la toma sólo se preocupe de apachurrar el botoncito. A los fotógrafos se les enchilaba el estómago nomás de pensar en las digitales, ahora que además un chamaco de 5 años puede tomar buenas fotos ya nadie los aguanta.

Pues resulta que Microsoft ya llevó el efecto fotochop a la música, con su recién nacidito Songsmith, que permite a todos los desafinados Carusos de regadera hacer canciones que no suenen tan mal y con un aceptable acompañamiento musical. No importa si usted no sabe nada de música, si cree que la clave de sol es un artilugio de alquimia medieval, si lo único que sabe de la armonía es que es cuando la gente no se pelea. Un bruto como usted y como yo ahora puede hacer música. Que se retuerzan de coraje los profesores de Bellas Artes, que agarren a guitarrazos las partituras y tiren los pianos sobre Bill Gates; ahora hasta un camotero puede cantar como el gordo Pavarotti.

Ojalá pronto creen un Word que nos ayude a crear poesía o cuentos o novelas. La creación artística y el conocimiento no tienen porque ser patrimonio sólo de una élite de intolerantes. Si las máquinas nos ayudan a hacer las cosas, los artistas, incluidos los que antes no eran así considerados, podrán concentrarse en la obra, en su sentido, en lo que comunican y sienten. Quizá el mayor problema es que muchos de los viejos creadores son demasiado acartonados a causa de su técnica y sienten envidia de la soltura y ligereza con la que se expresan los individuos comunes y corrientes.

No estoy diciendo que todo sea arte, ni tampoco que el estudio y la técnica no tengan valor, pero no lo son todo. El arte seguirá siendo aquello que llamamos “arte”, las galerías y los precios de las grandes obras seguirán como siempre controlados por profesionales del mercado del arte, la música culta seguirá siendo aquella que los directores de las salas de concierto decidan, pero surgirán constantemente obras de notable valor estético de las manos de personas como todo el mundo y eso es algo que hay que celebrar.

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