Encontrabilidad y libreros

Ya lo sabe usted, a mi eso de encontrar me emociona mucho, como a casi todo el mundo, y me decepciona y frustra que las cosas no aparezcan por ningún lado. A veces no hay de otra, a veces uno entiende, pero a veces las cosas tienen una pinta de estar todas patas arriba.

Hace cosa de un mes andaba yo buscando un libro para regalárselo a un amigo. Se trata de una traducción muy bien editada presentada en español con el título “la historia del dodo” de Malcolm de Chazal. Hace años yo me topé con éste librito en la Gandhi y lo compré, ahora quería comprarlo para regalo navideño pero no hubo manera, en México las librerías van de catálogos y si no está en la máquina es como si no existiera. En Gandhi, cuando pregunté, el vendedor me dijo “ese autor no existe” cuando la máquina le devolvió un “no results” en la pantalla.

Cuando yo iba a la vieja Gandhi, donde aún no tenían computadoras y los viejos ajedrecistas jugaban sobre los libros, la sensación de buscar libros era totalmente distinta. Uno se perdía en los pasillos de libreros recorriendo los títulos sin que nadie le molestase. Si la búsqueda no arrojaba ningún buen resultado iba uno a preguntar a los vendedores. Recuerdo a uno que se llamaba o le decían Tomasito, un hombre entrado en años que se la pasaba haciendo chasquidos con la boca y que sabía dónde estaban y dónde no estaban todos los libros: “ese ya no lo editan, lo puede buscar en las calles del centro”, “lo tengo en Seix Barral o en el Fondo” o “me llega en quince días, pedimos cinco”.

La nueva Gandhi tiene más luz, los pasillos son más amplios, los vendedores son más jóvenes y no tienen la más remota idea de quién es Cioran, mucho menos de cómo se escribe o sí es hombre o mujer. Los nuevos vendedores creen que los autores no existen nomás porque en sus pantallas no aparece ningún registro. Ahora ya no puede uno preguntar “¿Dónde están los libros de Otto Rank?” para ponerse a mironear alrededor, si uno lo intenta, le contestan “¿Qué título busca?” y se molestan si uno sólo quiere saber por dónde están.

Antes me gustaba ir a ver libros y comprar lo que se me hubiese antojado más, ahora voy con una lista en la mano, si tienen lo que quiero bien, si no, lo busco en otro lado, al final siempre es igual, pantallas y pantallas frente a personas que no saben nada de libros.

Por fortuna y por desgracia, existe un lugar fuera de mi país donde saben de libros y de venderlos y se las han ingeniado para venderlos incluso si uno no puede ir físicamente a la tienda: Amazon. Me da mucha tristeza ver que ninguna librería mexicana tiene una página decente para comprar o buscar libros en Internet, nuevamente hemos de dar razón a los malinchistas y reconocer que las cosas sólo se hacen bien cuando se hacen fuera de México.

En Amazon Malcolm de Chazal sí existe y sí están dispuestos a venderme sus libros y a enseñarme cosas “parecidas”; saben quién es Montserrat Gudiol y pueden conseguir el libro de sus pinturas en inglés o español; tienen ejemplares de “El jardín de los suplicios” y saben quién lo escribió. Lo irónico es que Amazon es también una pantalla más, pero para los usuarios, para los que buscamos libros, es una pantalla mucho más interesante y más cautivadora que las alienadas estanterías de las librerías modernas y su ejército de vendedores improvisados.

El secreto está en la encontrabilidad. En las librerías ya no puedo encontrar nada, en cambio, en Amazon encuentro sin buscar, de un libro voy a otro y a otro y cuando me doy cuenta tengo ya apartados en el carrito más de diez libros. Como buenos vendedores, me dejan dejarlos “apartados” y hago un pedido más modesto, en un mes estaré de regreso comprando más, descubriendo más. Pero en un mes me tendrán preparada una mesa de recomendaciones especialmente elegida para mí, no todo me gustará, pero cada que regreso la mesa es más de mi gusto, cada vuelta tengo que controlar más mis impulsos por llevarme a casa todos esos libros.

El secreto de un software exitoso no está en si es gratuito o no, en sí sus creadores se adhieren a movimientos libertarios y filántropos o son unos gangtsers de la informática. La verdadera gracia de un sistema está en sus usuarios. Para ellos hacemos el software y son ellos los que le dan vida, si los usuarios encuentran fácilmente las cosas, si se divierten, si les es intuitivo, el sistema funcionará.

En México nadie me ha querido conseguir el libro de Montserrat Gudiol, en Amazon hoy lo he pedido y hoy lo han embarcado, desafortunadamente mañana llegará a México y se extraviará cerca de un mes en los laberintos del correo mexicano antes de llegar a mi casa con un sobre costo por que los agentes aduanales mexicanos creen que es su sacrosanto derecho cobrar por no hacer nada.

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