La belleza de la tortura

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La violencia y la muerte se consideran de por sí de mal gusto, júntelas y espantará a todas las buenas conciencias, compare estos suplicios con el arte y tendrá la desaprobación social garantizada. La violencia nos avergüenza, nos atemoriza. Nos molesta la muerte, nos ofende y nos indigna.

Cuántas veces ha querido matar usted al taxista cafre que se le cierra en pleno tráfico matutino, o torturar hasta la muerte a su intransigente jefe por andarle pidiendo las perlas de la virgen para antes de la hora de la comida.

La anécdota

Hace muchos años, cuando mi prima era una escuincla, y mi hermano era también un chamaco, observé lo que después me daría cuenta es el comportamiento más natural de la humanidad.

Verá usted, mi hermano era un niño más sádico que bonito. Se deleitaba en matar, torturar y ver agonizar a toda clase de bichos. La muerte era para él el clímax de la travesura. Resulta que este pequeño empalador estaba asando vivos unos insectos en un comal de mi abuela. Un par de primos miraban maravillados al verdugo operar con maestría: arrancaba las patas a los grillos y arañas, no todas, sólo suficientes para que no escaparan, y los dejaba caer al comal para tostarlos. Mi prima los miraba de más lejos, al tiempo que suplicaba por la vida de los animalillos y tildaba de malvado a mi santo hermano. Por supuesto, nadie le hacía el más mínimo caso a la piadosa chamaca.

El líder de los pequeños sicarios tomó un frasco y presumió a sus seguidores la próxima víctima, un escarabajo más bien feon que resbalaba por las paredes de su prisión de vidrio. Cuando mi inocente prima vio al escarabajo, olvidó todos sus ruegos y piedades y se lanzó hacia mi hermano gritando “¡Yo lo mato, yo lo mato!”.

A lo largo de mi vida me he cansado de escuchar a cuanto espantado y buena conciencia echándole la culpa a los videojuegos y a las películas por la violencia de la juventud, pero el episodio aquel con mi prima y mi hermano me han hecho escéptico a estas culpas fáciles. Me es más fácil creer que la violencia y el gozo ante la visión de la tortura son parte de la naturaleza humana que pensar que es un aprendizaje pavloviano causado por el placer de comer palomitas de maíz.

El libro

Esta Navidad, mi tío me regaló un libro que terminó por darle al traste a todas esas ingenuas causalidades acerca de la violencia y las consolas: El jardín de los suplicios de Octavio Mirbeau. Un libro que ha desaparecido del mercado editorial en español y que incluso es difícil de conseguir en inglés.

El jardín de los suplicios no es sólo un compendio de curiosas e ingeniosas formas de matar, sino sobre todo, una invitación a repensar las fáciles condenas en contra de los suplicios y la muerte. El autor consigue mostrarnos que es posible buscar una armonía entre la belleza, la tortura de muerte y el acto sexual. Todo es lo mismo, como después dirá también Lacan: el amor y la pulsión de muerte, el sexo, el deseo de matar y de morir, de sufrir y de ver sufrir son varias caras de la misma moneda

Yo nunca pude entender la pulsión de muerte freudiana ni la explicación lacaniana, pero me queda bastante claro que en el ser humano, la tortura, el sexo, el amor, el deseo, la muerte, el suplicio, el sufrimiento y la compasión tienen mucho que ver los unos con los otros. Para Mirbeau, la relación entre todos ellos no sólo es posible e infinitamente humana, sino que también puede ser armónica: un amoroso y terrible yin yang.

Pero esta curiosa propuesta acerca del suplicio no es todo lo interesante que este libro puede ofrecer. En sus primeras páginas, unos intelectuales franceses del siglo antepasado discuten acerca de la violencia y las pulsiones asesinas de la gente, culpan a las ferias populares con sus puestos de tiro al blanco del “aumento” y conservación de estos impulsos destructores. Lo interesante es que, si usted cambia lo de las ferias por videojuegos y películas, tendría el mismo discurso que ahora tienen los defensores de la paz mundial y de la sonrisa coca-cola.

[Para quien esté interesado en leer el libro, le dejo esta copia]

2 thoughts on “La belleza de la tortura

  1. Me has dejado pensando. No he visto el libro, ni remotamente podré conseguirlo, vivo en La Habana. Pero juro que investigaré más sobre el asunto, porque también en mi infancia (y solo ahora han venido a mi mente) fui testigo de experiencias semejantes. Gracias por remover nuestras neuronas. Un saludo,
    ADE

  2. Gracias por el comentario, he conseguido una copia del libro en PDF, estoy buscando dónde colocarla para que se pueda descargar.
    Saludos

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