Libertades y antilibertades

Alistair Cockburn, uno de los más importantes teóricos del desarrollo de software y sin duda uno de los más exitosos como desarrollador discute en su Wiki acerca de la diferencia entres dos tipos de libertad que son incompatibles e irreconciliables.

La libertad de hacer y la libertad de no ser disturbado. La primera corresponde al concepto más típico y fácil de libertad, le llamamos libertad de expresión, libertad de tránsito, libertad de decisión, etc. La segunda es un poco más interesante, y es que no todos consideramos ésta última como una forma más de libertad. Se trata de la libertad o el derecho a no ser afectado por las acciones de los demás. Quizá la confusión viene del lenguaje y su posibilidad para formular frases como “libre de interferencia” o “libre de polvo” que sin duda es una forma común, tanto en inglés como en español, del uso del adverbio “libre”.

En primer lugar, no creo que libre y libertad puedan entenderse como “sinónimos”, y es que aunque podamos hablar de “estar libre de ataduras” como una forma de libertad, no podemos hacer lo mismo con cualquier uso lingüístico, por ejemplo, si decimos que algo está “libre de manchas” no podemos encontrar una “libertad” que represente el concepto de “limpio” que es el que más bien estamos expresando. En este caso, “libre” quiere decir más bien “en ausencia de”, y me es difícil entender la libertad como una ausencia de algo particular.

Me parece muy importante lo que apunta Cockburn respecto a que las leyes que representan nuestras “garantías” se refieren a la libertad de hacer, y las leyes que rigen nuestras “obligaciones” responden a garantizar que las personas no afecten a las demás, es decir, a garantizar el ser “libre de disturbios” tanto a los individuos como a la sociedad. Las obligaciones son traducidas rápidamente en prohibiciones, en restricciones de la conducta expresable por los individuos.

Lo curioso del asunto no es saber cuál es el equilibrio ideal entre ambas formas de libertad, sino que las diferencias sociales están vinculadas a estos equilibrios. En los ejemplos de Cockburn, vemos que las sociedades donde la balanza se inclina a favor de la libertad de no disturbio como podría ser Suiza, la gente tiende a interaccionar menos entre sí; la interacción social se convierte en una forma de disturbio, y es el estado el que debe intervenir como mediador, juez e interventor en estas cuestiones, por ejemplo, si usted tiene un árbol a la entrada de su casa, colindante con la casa de su vecino, y crece una rama que traspasa la propiedad de aquel, a pesar incluso de que se saluden cordialmente todos los días, su vecino no le dirá nada a usted, hablará a la policía y les explicará el problema, ellos le tocaran a usted y le pedirán que recorte el árbol, usted no se ofenderá porque así se hacen las cosas por allá y cortará el árbol. Al día siguiente, usted y su vecino se saludarán cordialmente como siempre.

En gringolandia las cosas no son como en Suiza, las leyes que protegen al individuo de no ser disturbado no son tantas ni tan complejas, por lo que los individuos tienen que resolver muchos conflictos mediante la mediación directa, tratando personalmente unos con otros. En México las cosas son aún más extremas, aquí las leyes de “no disturbio” son menos que las gringas, pero además, el cumplimiento de la ley y la eficiencia de la policía dejan mucho que desear, por lo que los mexicanos nos vemos obligados a mediar y negociar constantemente sin la intervención del estado.

Para mi, al igual que para Cockburn, es más deseable un lugar donde la comunicación y la auto-organización son favorecidas que uno en el que el estado interfiere en casi todas las interacciones sociales. Prefiero tener que pelearme con mi vecina porque ella insiste que la calle frente a su casa le pertenece y yo le digo que la calle es de todos a que para resolver el más mínimo conflicto tengamos que hablarle a la policía. Y es que es muy fácil pasar de garantizar el no disturbio a la represión, como es el caso de las leyes discriminatorias hacia los fumadores.

Por un lado, en sociedades como la mexicana tenemos el problema de un continuo estira y afloja entre las personas para resolver nuestros problemas sin la intervención del estado, al grado de que algunos se la toman muy en serio y se agarran a trancazos, pero también tenemos muchas garantías acerca de nuestra libertad de hacer, en este país podemos decir que el presidente es un idiota, que hay que matarlo, y nadie nos puede hacer nada. Para los gringos las cosas no son así, recordará usted el caso de la escuincla que escribió en su blog que había que matar a Bush, lo que ocasionó que le callera un escuadrón de agentes SWAT en el recreo y la arrestaran por “terrorista”. Otro ejemplo lo tenemos en España, en donde existe eso de la “apología del terrorismo”, que permite al estado enjaular a quien ande diciendo que la ETA es buena o que no son terroristas.

Lo que me queda claro es que si garantizamos una libertad de hacer, estamos restringiendo una libertad de no disturbio y viceversa, y que el grado de comunicación e interacción social está muy relacionado con el tipo de leyes que tiene una sociedad. Lo que ya no es claro es qué distribución en la balanza es mejor, sólo podemos decir cual nos gusta más, en cual nos sentimos más cómodos. Yo personalmente, prefiero más libertad de hacer, pero bueno, yo no soy ni gringo ni suizo ni soy usted.

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