Coqueteos con la ciencia

 Ítaca

Después de mis últimos comentarios acerca de la ciencia, no dudo que alguno lector piense que soy uno de los enemigos personales de las academias y universidades. Lamento no darle toda la razón a tan perspicaz lector, tengo mis problemas con la estructura académica, sobre todo con la sobrevaloración de los certificados (títulos y anexos) y con el fanatismo cientificista, pero la ciencia sigue siendo uno de los puertos más agradables por los que he pasado. Comencé, hace muchos años, una inexistente carrera científica en las áreas biológicas. Los caminos de la vida, sin embargo, son como los de la isla de Ítaca.

Estaba yo terminando de dar mi clase (torturo ocasionalmente a unos chamacos con algo de matemáticas). Un doctor me detuvo en el clásico pasillazo, platicamos un poco de los alumnos, de los cambios en el instituto y sin saber cómo, llegamos al tema que me llevó, hace muchos años, cuando era joven y pensaba en ser un gran científico, a ese mismo edificio: el DNA, el misterioso y complicado código genético.

Para no hacerle el cuento largo ni aburrirle con los detalles, terminé envuelto en un nuevo proyecto de investigación acerca de la estructura “lógica” del DNA. Resulta que el DNA puede verse como una secuencia de letras (una riesgosa simplificación, pero una simplificación cómoda, por eso suele hacerse), es como un texto en el que están escritas vaya usted a saber qué cosas. Sabemos muy poco de cómo se escribe el código genético, de lo poco que sabemos es que hay unos pedacitos, unas “frases”, que dicen cual es la secuencia de aminoácidos en una proteína, otras de estas frases parecen decir dónde o cuando iniciar la lectura de codificación de las proteínas, sin embargo, la mayor parte de ese texto nos es absolutamente incomprensible.

Piense usted en un libro en ruso, con algunas imágenes de cuando en cuando y sus respectivos pies de figura, imagine que usted no sabe ruso ni tiene idea de cómo se lee el alfabeto cirílico. Ahora póngase a leer el libro… Si sus conocimientos de lingüística son como los míos de ebanistería, lo más seguro es que sólo llegará a saber que cierta secuencia de dibujitos representa alguna imagen, incluso se dará cuenta de que antes de estas secuencias, existe siempre otra con pequeñas variantes que podrían ser las expresiones “figura 5” o “figura 24”. Pues no es mucho más lo que sabemos del DNA. Años de dar palos de ciego nos han permitido hacer pequeños avances, sin embargo, la mayoría siguen siendo elucubraciones basadas en estadísticas poco confiables. El problema con el DNA, a diferencia del ruso, es que no nos es posible ir a buscar a un DNA-parlante que nos explique el “lenguaje”, o peor aún, sí tenemos a los DNA-parlantes, son todos los seres vivos, pero ellos no saben explicarnos qué es lo que hacen para leer ese texto.

Una de los derroteros más grandes de la ciencia, junto a la piedra filosofal, es la manipulación o incluso creación de los seres vivos. No se trata de jugar a Dios o de hacerle un golpe de estado, en esto de la ciencia a Dios no se le ha perdido nada; sino de controlar los sistemas más eficientes que conocemos. Los seres vivos son adaptables, se reproducen solos (casi siempre), pueden transformar un montón de cosas en otro montón de otras cosas. Imagine usted bacterias que sinteticen combustibles orgánicos como el petróleo, o plantas como el frijol de las que podamos obtener fibras como el papel y el algodón. Modificar y crear seres vivos ha sido y será siempre una de los causales más importantes de la ciencia.

Parte de ese derrotero incluye, por supuesto, poder escribir DNA, pero para poderlo escribir, hay que aprender a leer, y eso es lo que aún no sabemos hacer. Podemos hacer Copy-Paste, que es lo que hacemos con los transgénicos, pero no podemos aventarnos ni un párrafo a capela. La búsqueda de la estructura “lingüística” del DNA ha ocupado ya a muchos investigadores, algunos lo han intentado incluso con las gramáticas generativas de Chomsky, pero no le hemos podido dar al clavo.

Alguien decía que la mejor manera de salir bien librado de este mundo es buscar obras gigantes, obras tan grandes que nadie las pueda realizar, lanzarse entonces con actitud de héroe a la aventura y morir en el intento. En nuestro lecho de muerte, nadie nos podrá reclamar que no lográramos terminar lo que empezamos, nadie hubiese podido. Confieso que me siento un poco así; siento que me estoy embarcando en una de esas tareas irrealizables. Si nadie ha logrado encontrarle pies y cabeza ¿cómo es que cuatro gatos podrán ahora encontrar el inicio de la madeja? Si no fuese porque en el intento tendré que hacer muchas otras pequeñas tareas bastante más modestas, bastante más realistas, importantes aunque no tan espectaculares, no habría aceptado la propuesta.

Pero piénselo, querido lector, si le dijeran que va a poder participar en un proyecto ambicioso, tan ambicioso que quizá nadie lo termine, en donde podrá aplicar algunas de las técnicas más modernas de computación y generación de software, conocimientos y tecnología lingüística, matemáticas, comunicación, y todo eso, para adentrarse en la obscura selva de la biología y de la vida, ¿no aceptaría usted sin pensárselo una vez? ¿no diría que sí con una sonrisa de oreja a oreja?

Algún día podremos leer ese libro en ruso, algún día podremos manipular a voluntad a los seres vivos, ese día cometeremos nuevos errores, pero quizá también viviremos mejor, no lo sé, pero vale la pena pagar por ver, y vale la pena incluso intentar participar en ese loco maratón.

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