Los libros y la televisión

Los libros no tienen nada que temer en estos tiempos de redes sociales y consolas de videojuegos. Quien la tiene realmente difícil es la televisión. Ella sí, pobrecita, tiene sus días contados. Los libros en cambio, sólo están cambiando el papel por las pantallas, lo demás va bien, el nuevo esquema de entretenimiento bajo demanda les cayó como anillo al dedo. Ellos siempre han sido literatura bajo demanda, no saben ser de otra forma.

Siendo realistas, las cosas no podrían ir mejor. Las ventas de libros han aumentado de manera vertiginosa en la última década. No se fije usted en qué clase de libros son los que más se venden, el caso es que se venden, y mucho. Incluso, si nos ponemos en saco del viejito cascarrabias, los libros clásicos, los libros “buenos”, se venden mucho más hoy que hace diez años. Yo sé, yo sé, que comprar libros y leerlos no es lo mismo, ¿pero no cree usted que al menos la mitad de los libros que se compran tienen la buena suerte de ser leídos?

La televisión en cambio, pierde terreno día a día. El año pasado, en gringolandia nomás, el país supuestamente más enajenado por la tele, la gente pasó más tiempo en redes sociales que viendo la tv. Lo cierto es que la caja esa no va a desaparecer, no del todo. La idea ya valió, y la idea era la del stream continuo, donde uno tenía que llegar, como si se tratase de una cita con el sicoanalista, a ver el futbol o la telenovela o las aventuras de don gato. Ahora usted ya puede, o podrá muy pronto, elegir qué quiere ver y a qué hora lo quiere ver.

Yo crecí con la cantaleta de los adultos que sentían que los jóvenes ya no leíamos ni el libro vaquero y que cada día estábamos más enchufados al cinescopio de las televisiones. Veíamos mucha tele, eso es cierto. Los viejos y adultos temían, o se hacían los que temían, la pronta e inminente desaparición de los libros. Hoy los libros siguen allí, tan campantes, en sus librerías cada vez más grandes, en sus lectores electrónicos, en sus teléfonos. Y la tele… pues esa está cada día más diluida en el afluente del entretenimiento bajo demanda y de las redes sociales.

¿Por qué entonces nos quejamos, o se quejan algunos, de que en estos tiempos se lee menos? Vaya usted a saber, ansias apocalípticas me imagino. Lo cierto es que la gente lee, lee en Internet, lee en sus teléfonos, en sus computadoras, en sus tabletas, incluso, por raro que parezca, lee en sus libros.

Puede que, eso sí, ni a usted ni a mí nos guste lo que la mayoría de la gente lee, pero eso, reconozcamos, eso es otro tema.

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